Mis ventanas

Nieve tras mi ventana

Hoy estoy melancólica porque no pienso en viajes sino en ventanas. En las horas -con todos sus pensamientos- que me he tirado tras ellas imaginando, recordando, mirando el paisaje que jamás volví a ver.

El de ahora es luminoso, soleado, con parque, río, puente y, a 50 metros, mar. Pero en él veo un cielo gris. Una ciudad encapotada con chimeneas de cuentos y Peter Pan. La sombra de la iglesia de Royal Mile al fondo y urracas negras volando entre ambas iguales a las de la malvada de la Bella Durmiente. Es la ventana del fregadero de la cocina que  ejercía de salón. Fregando frente a sus sucios cristales pensaba en cosas por hacer: bajar a la lavandería con mi amiga china; convencer a su amiguito alemán para llevarnos y traernos la compra del Tesco; estar a las seis lista para servir el banquete del Rugby; preparar la entrevista para la cantina del hospital… Continúa leyendo «Mis ventanas»

El Castillo de Montemayor, su Letrina y su Princesa

letrina«Que Dios bendiga tus buenos humores, tu buen comer y tu buen beber, y no te haga faltar a esta cita…»

El texto acompaña la letrina del castillo de Montemayor del Río, una de las partes que curiosamente se ha mantenido intacta durante siglos sin necesidad de restauración alguna. Lo sé porque la recuerdo de la última vez que estuve en él, aún niña. Cómo olvidar un váter de piedra con caída libre de 10 metros para tordos. Lo que no recordaba era la leyenda de la atalaya y su bella Princesa…

dibujomontemayorcastilloHabía una vez, hace muchos, muchos años, una Princesa que vivía en el gran Castillo del Marquesado  de Montemayor del Río. La villa feudal era la más importante en kilómetros a la redonda por su estratégica posición en la Vía de la Plata y por ser parada de paso de la Calzada Real. Así, superaba con mucho su prestigio frente a la vecina Béjar. Y sin embargo, era allí donde estaba lo único que deseaba la Princesa: su amado. Continúa leyendo «El Castillo de Montemayor, su Letrina y su Princesa»

La tortuga Capicúa vuelve al mar

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Tortuga. Pintura de PARMELYN

Érase una vez una tortuga boba. No es que fuera tonta, es que alguien optó, un día cualquiera, por llamar así a su especie y así se quedó, «boba». Esta tortuga en concreto tenía nombre. Se llamaba Capicúa. Su madre se lo había puesto porque nació un día y un mes con cuyos números podían leerse igual de derecha a izquierda que de izquierda a derecha, el día 11 del mes 11.

Vivía con su familia en el mar Mediterranéo más contenta que unas pascuas, pululando feliz por las profundidades junto a su madre y hermanos. Pesaba 4 kilitos de peso (casi nada comparada con su madre que pesaba 150 kilos). Continúa leyendo «La tortuga Capicúa vuelve al mar»