Se me escapó la noche de San Juan

cuadro de raquel

Se me ha vuelto a escapar la noche de San Juan. Entre unas cosas y otras ha vuelto a esfumarse sin quemar deseos, sin bañarme en el mar, sin pedirle peras al olmo. Ya van dos años que me ocurre, pese a que era de las que se tomaba muy en serio estas noches. Eran un ritual que debía cumplir como fuera, tan obligatorio casi como comer uvas una vez al año.

Debí leer en algún lugar un manual completo sobre cómo pedir cosas en San Juan e imagino que el primer año se me cumpliría alguna y por eso, desde entonces, no cesé de pedir y pedir. El ritual era el “fuego” pero no tenía nada que ver con las románticas hogueras a pie de playa ni con nada similar. Eran más bien fueguitos, llamaradas justas para prender tres papeles amarillos.

Debían ser amarillos. Por eso me he pasado la vida quemando deseos escritos en post-it, hasta que dejé de quemar.

En cada papelito escribía un deseo y a las doce en punto de la noche lanzaba el primero, saltaba pensando en él,  daba la vuelta y hacía lo mismo con el deseo número 2 y el deseo número 3. Algunos años, con mi amiga Alicia, también poníamos un disco “mágico” y cantábamos algo en plan conjuro justo al final.

He saltado sobre el fuego en la azotea de mi casa de Madrid; en la sierra madrileña (sobre un puñado de palitos no la fuéramos a armar); sobre el fuego de una sartén vieja en medio de mi cocina; en las montañas de Sjoa, sobre hogueras en Svalbard (donde el ritual local obligaba a bañarse en las gélidas aguas a solo 7ºC) ; y he saltado sobre el fuego de una vela en la playa de Benidorm en medio de una inmensa multitud que después se bañaba casi a la vez.

Entre salto y salto, dejé de pedir deseos imposibles porque llegó un momento que no tenía nada nuevo que pedir. Así que lo único que seguí pidiendo es que todo siguiera exactamente igual. Y lo conseguí. Durante mucho tiempo lo tuve todo.

Entonces, un verano, se fue. Fue una de esas marchas donde lanzas cenizas al mar y dejas de saltar. Esas marchas que cambian los rituales de un día por los brindis por la vida en cuanto hay oportunidad. Esas marchas que cambian una tradición sin proponerlo.

No sé qué hice el año pasado. Este San Juan cambié la velada “mágica” por un viaje al Ikea de Murcia para reponer el “carcomido” -esto es literal- aparador. Y eso que este año me había animado yo a saltar. Pero nada. Hay cosas que si se dejan no vuelven a ser igual. Así que aquí estoy mirando el mueble, pensando en mi querida Loba y en mi abuelo. Porque mi abuelo fue el primero en empezar todo esto en el mismísimo monte de El Pardo. Montaba por San Juan una especie de caseta con ramas, le ponía un cartel que decía “A cagar” y luego lo prendía fuego llego de orgullo con nosotros muertos de risa disfrazados de gallegos. Hay cosas que uno nunca llega a entender.

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