24 horas para renacer en una cabaña de lujo en el valle de Guadalest

Desperté como cualquier día festivo. Sin prisa y sin tener claro qué me apetecía hacer primero. Con los niños desayunados, viendo la tele, opté por relajarme tomando el café en la terraza que da a las zonas comunes de la urbanización, pues es donde da el sol a primera hora. Abrí el libro que llevaba días sin poder dejar de leer, “El Origen Perdido”, y me recosté en el sofá de dos piezas para trasladarme sobre él a la selva amazónica. Apenas acababa de introducirme en ella escuché un “¡hola!”. Retiré el libro de mi cara regresando de golpe a la realidad. Ahí estaban. Los tíos de Carlos. De buena mañana un festivo, portando con ellos una bolsa de viaje.

¿Cómo vosotros por aquí? Rieron. Entonces se acercó él con una sonrisa traviesa. La noche anterior habíamos celebrado nuestro décimo aniversario de boda abriendo una buena botella de vino y degustando una rica cena, con el ambiente de fondo de los niños viendo el fútbol. Convertirnos en familia numerosa tan de golpe no nos había dejado tiempo para más que eso, y regalarnos un par de chandals del ALDI. “Pégate una ducha, cámbiate y coge muda, que nos vamos”.

Dije varios “peros” con gran desconcierto. Tan poco dado a grandes sorpresas, había convencido a sus tíos para quedarse con los tres niños y los dos perros y poder llevarme a… ¿dónde? No quiso decirlo. ¿Pero qué llevo? “Algo cómodo y algo bonito para cenar, si quieres”, contestó.

Pensé que me llevaría a algún hotel próximo al mar, pero en su lugar, tomó rumbo al interior, al frondoso valle de Guadalest (Alicante). No me cuadraba una casa rural. En ellas no hace falta ponerse nada especial ni para comer ni para cenar. Tras pasar Guadalest, en la carretera que baja al pantano, lo vi. “Vivood, landscape Hotels”. No me lo podía creer.

Había leído sobre este complejo construido en medio de la montaña a base de cabañas individuales, cuadradas, con paredes de cristal de cara al valle. Un escondite libre de niños donde encontrar la paz en plena naturaleza. La mejor sorpresa que podía tener y la más improbable de imaginar.

Nuestra cabaña aún no estaba lista, por lo que aceptamos la sugerencia de bajar a la terraza de las piscinas panorámicas a relajarnos mientras terminaban de prepararla. El tiempo transcurre allí lento y apacible. Te invita a guardar silencio y quedarte embobado mirando las hojas, los pájaros, las sombras que van creando las nubes bajas pasando pausadas sobre tu cabeza. Pedimos una cerveza y respiramos. No hizo falta más tiempo para mirarle de otra manera. Nunca me había dado una sorpresa tan grande y estaba feliz de haber logrado lo imposible: dejarme muda.

Comimos pronto en el restaurante -también panorámico- en el que tienen un menú exquisito. El personal era tan amable como el lugar. Creo que es imposible estar malhumorado o deprimido trabajando en un lugar así. A mi, al menos, se me quitaban todos los males cada vez que bajaba a trabajar al restaurante en el que estaba en Svalbard y veía la inmensidad del Ártico.

La sorpresa no había acabado. Al llegar al postre me dijo que no había tiempo, que debíamos ir a la habitación, y que después nos lo subirían a la cabaña. Sin un “pero” en la boca acaté la orden y le seguí. Nuestra cabaña estaba abierta y de ella salía música. Vestida de negro, sonriendo y con sus manos dando la bienvenida estaba otra sorpresa. Había contratado para después de comer un masaje Reiki de 45 minutos para cada uno en la cabaña.

La música, las manos, las piedras y los olores de los aceites esenciales nos dejaron en un estado de bienestar que no recordaba. Tras los masajes, nada más terminar, llamaron a la puerta y trajeron los postres con un par de botellitas de cava. ¿Qué más se podía pedir?

Comimos. Amamos. Leímos. Dormimos. Reímos y vimos el mejor atardecer en mucho, mucho tiempo. Cuando anocheció, con la sombra de la montaña vertical sobre nosotros, bajamos de nuevo al restaurante para disfrutar de un memorable Menú Gastronómico. Las copas las llevamos también a la cabaña.

A la mañana siguiente llamaron a la puerta ni muy pronto ni muy tarde. Un chico muy majo entró con una caja grande, negra, de madera, que puso sobre un mueble y se marchó. Una vez más me sorprendió abrirla y encontrar un desayuno fabuloso. En distintos termos había zumo natural de naranja, café, leche y agua para el té. Había platos y cubiertos para degustar lo que venía en otras cajitas de cartón: huevos revueltos y bacon. También había una caja con quesos varios, jamón y ya no recuerdo qué más. Lo pusimos todo sobre la mesita y desayunamos mirando el valle que habíamos visto antes amanecer.

Antes de dar las doce, como el cuento de Cenicienta, nos despedimos del lugar. Apenas habían pasado 24 horas que nos sirvieron para renacer en esa cabaña de lujo en el valle de Guadalest. Nos dejó con la quietud de haber estado fuera una semana y la armonía de llevar juntos mucho menos tiempo. Fue simplemente reparador en todos los sentidos y por ello, me resulta difícil contar la experiencia como una escapada más. ¿El precio? Exagerado. El resultado, sorprendente.

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