Ruta de los vigilantes de la playa… del siglo XVI

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Da pereza levantarse un domingo a las 8 de la mañana por gusto. Reconozcámoslo. Si no nos hemos convertido en unos frikis del footing tardío, no nos levantamos ni a por churros con tal de ronronear más en la cama, y menos, para ir de excursión grupal. Lejos quedó la noche en vilo en vísperas de salidas campestres pero ayer, conseguí apuntarme a una que tenía por objeto seguir la pista a los vigilantes de la costa del siglo XVI. Una ruta que transita por un parque natural, entre las torres Bombarda, de l’Albir, y Les Caletes, de Benidorm, y que podría continuarse de norte a sur por todo el litoral mediterráneo, teniendo su parada más inmediata en La Vila Joiosa, con su torre del Aguiló.

Subida en el autobús con otros madrugadores volví a sentir el cosquilleo de la emoción, pese a ir con desconocidos en vez de con compañeros de clase. El transporte nos dejó a todos a la entrada del camino que conduce al faro del Albir (l’Alfàs del Pi, Alicante). Allí tomó la palabra Cesar Evangelio, voluntario historiador de la asociación Marina Histórica.

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Con una memoria para fechas y batallas prodigiosa, César nos habló del entramado que montó Felipe II para defender su imperio. Así, dijo que las torres que siempre existieron con este rey se perfeccionaron para formar parte de una geoestrategia que buscaba dominar el mundo. Ahí es nada. «La costa era como una muralla del imperio, una red integrada de torres que ya no solo podían defender, sino que contraatacaban», explicaba el historiador. Añadió, además, que invertir en esta frontera defensiva no fue su primera opción. Primero tuvo que errar el tiro intentando combatir contra todos, hasta que visto que sus ataques terminaban con fatales finales para las tropas españolas, pensó que lo idóneo era salvaguardar las fronteras y dejarse de aventuras arriesgadas (como ya haría, años antes, Fernando de Aragón conquistando Melilla… otra historia).

El caso es que aún hoy podemos ver el entramado de torres por la costa, pues incluso tras firmar la paz con los turcos, en 1580, siguieron utilizándose muchas hasta al menos el siglo XIX. Tras la explicación, partimos a un ritmo bien animado a ver una de esas torres. Mentiría si dijera que no sabía lo que iba a ver, pues ya he visitado la Bombarda y su faro anexo varias veces, pero siempre, siempre, averiguo algo nuevo.

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La guía, Paula Doncel, fue la encargada de tomar el testigo junto al monumento. Para entrar en materia explicó primero la diferencia entre pirata y corsario, que como su nombre indica, solo eran distintos por la patente de corso o permiso real que tenía el segundo en robar por donde le viniera en gana con veloces barcos llamados «fustas».

Recordó que los vigilantes de estas «playas» debían estar ojo avizor tanto a los corsarios como a los piratas argelinos, y que de ahí vino la expresión «ver moros en la costa». Además, apuntó que de tanto ahumada hecha con esparto (método que usaban para comunicarse entre las torres, como en el Señor de los Anillos), se quedó la zona casi sin esta planta autóctona.

Y de plantas, y faunas, nos seguirían hablando cuando recorrimos la legua que separa la Bombarda de la torre Les Caletes de Benidorm. Allí, tras repasar César los devenires del BIC benidormense, tomó la palabra el vigilante del parque natural de Serra Gelada, JuanJo Mascarell, para hablarnos de otro patrimonio mucho más vivo.

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No recuerdo las plantas que citó como excepcionales del lugar, pero sí su forma memorable de hablar de las particularidades antisépticas de las algas, o Posidonea, gracias a las cuales no se pierden las arenas de las playas cuando hay bloques de hormigón tras ellas.

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Habló de las gaviotas. De la «normal», una «oportunista» que se lo traga todo, y de la que quisieron que procreara en la isla de Benidorm, la Audouin, «una señorita, como esas que estudian una carrera y se quedan en casa esperando a que les llame el INEM para ofrecerles un trabajo», y que tras años alimentándola se marchó a un paraje mucho más feo donde crió sin que nadie le facilitara la vida. No faltó el Paiño, el pajarillo negro de olor intenso y nada agradable… Y más hubiera contado de no ser por la hora. De torre en torre y de guía en guía se nos pasó entera la mañana y una cosa es madrugar y otra perderse la siesta dominical.

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