El Benidorm de Manuel Torrubia, pionero en el Don Pancho

Don Manuel Torrubia junto a su hotel
Don Manuel Torrubia junto a su hotel en 2010

Hubo una vez un Benidorm distinto al vertical. Un Benidorm en el que los hombres eran aficionados al “reclamo” de perdiz y al palomo deportivo. Un Benidorm en el que pescaban en tarrafas, por la noche, en busca del pescado azul; o al anzuelo, que les daría fama quizá por carecer de puerto apropiado para barcos de gran calado. Un Benidorm de raíces y tradiciones que exportó marinos mercantes, almadraberos y emigrantes que viajaron por el mundo y regresaron con un bagaje cultural que sorprendía a los pocos extranjeros que pasaban por el pueblo. Era el Benidorm de los pioneros, de discretos hoteles como el L´Illa, el Bilbaíno, el Marconi…; El Benidorm donde nació Don Manuel Torrubia.

Era, y digo “era” tras enterarme de la triste noticia de su fallecimiento, un “practicante acérrimo a la cultura de su pueblo” que aún practicaba la pesca y la colombicultura cuando le conocí en 2010. En su alma llevaba “el aroma a mar y a tomillo” y se reconocía incansable narrador de historias benidormeras, aunque recelaba hacerlo a la prensa. Me recibió al saber que sería un artículo sobre pioneros y que se editaría en la revista Hosbec (que hoy en parte recupero).

Así, me citó el señor Torrubia en su Don Pancho para contar el principio del fenómeno “Benidorm” con la llegada de los turoperadores que transformaron la infraestructura hotelera. Me destacó antes las claves del atractivo de aquel Benidorm, reseñando no ya su clima y su playa sino un factor que creía se estaba perdiendo: “la simpatía”. Gracias a eso, según relató, comenzó a llegar una minoría alemana “a los pequeños hoteles y apartamentos hasta que un señor llamado Guillermo Cryns acordó con algún hotel hacer una contratación periódica en verano”.

Eran finales de los 50 y hacían su aparición las agencias Lanspollie, Skytours, Global, Sunfly, y hoteles de mayor capacidad, como el Miramar, el Victoria o el Avenida. Ya a mediados de los 60 llegaron “los catalanes, grandes trabajadores con experiencia con extranjeros, que como no podían conseguir clientes todo el año en sus destinos empezaron a hacer aquí hoteles más comerciales”. Fue entonces, según recordó, cuando se creó la agencia Clarksons, primera que fletó vuelos para 3 ó 4 días en invierno. Con ella Manuel Torrubia encontró la profesión de su vida: agente.

“Tuve un amigo holandés, Martín, que trabajaba para Cryns como guía. Un día que cayó enfermo, me pidió que le cubriera en un excursión para extranjeros porque hablaba un poco de inglés, lo hice y me salió bien. Les llevé a un huerto donde el propietario les dejó probar y coger uvas, les invité a pescado… recogí tanta propina que me enganché, y la gente era tan amable que me empezaron a recomendar a las agencias, y así empezó todo”.

Entonces el “boom turístico” se disparó. La falta de capital español para hacer hoteles con gran capacidad para turoperadores se suplió optando éstos a entregar depósitos que luego se descontaban de la facturación y ése fue parte de su trabajo. “Vigilar que el hotel cumpliera, controlar y mediar entre agencias y propietarios. Mirar si el sitio era bueno para construir, hacer un estudio sobre la gente que podría ir, comprobar que el solar fuera en propiedad, concretábamos el precio en relación a la distancia de la playa, las calidades, etc”. Así, según explicó, se multiplicó el volumen de camas de la ciudad, insuficiente ante la demanda.

También aquel agente pionero levantó varios hoteles: Habana, Fiesta, Cenia (en Torrevieja) y el Don Pancho, en el que consiguió que todas las habitaciones fueran iguales para evitarse problemas, gracias al diseño del prestigioso arquitecto Juan Antonio García Solera.

Siguió contándome como iría cambiando todo, para bien y para mal, y entre sus propuestas para que la cosa mejorara dijo una que creía imprescindible: Recobrar la amabilidad y la simpatía. 

senortorrubia

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