Mérida en dos días: la magia de Roma en Extremadura (I)

Petronio quería que le enterraran en un amplio terreno para que a su alrededor plantaran muchos frutales y viñas para que nunca faltase vino. Para Plinio, las raíces de las adelfas (protagonistas hoy de las medianeras de las autovías) levantaban el espíritu pese al veneno de sus hojas. Para los romanos encontrar el placer de la vida para disfrutarla al máximo, era tan importante como envolver de belleza cuanto les rodeaba. Es la primera lección que uno aprende cuando llega a Mérida e inicia su descubrimiento en la Casa del Mitreo y sus columbatios anexos.

La segunda lección es que quien quiere, puede. Descubrir el pasado bajo una ciudad no es sinónimo de que ésta no avance y ni mucho menos de que para hacerlo tenga que destruir su pasado o renunciar a construir sobre él para poder enseñarlo…

Llegamos a Mérida el 24 de agosto con un calor asfixiante. Aunque el Festival de Teatro aún esta en marcha, el verano es la temporada baja de ésta y del resto de ciudades extremeñas por la extrema temperatura.

Cogimos un hotel que parecía a las afueras pero que estaba a 15 minutos andando de todo. El Zeus. Algo desfasado, feucho pero limpio, con un colchón muy cómodo, parking gratuito para clientes, piscina que no probamos, y a dos pasos de un bar donde desayunar sin buffet unas tostadas redondas enormes que servían con paté, con tomate o casi con lo que uno pidiera.

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Tras dejar el equipaje en la soleada pero fresquita habitación, cruzamos la calle para iniciar el recorrido por esta “Roma” ibérica en la Casa del Mitreo. Compramos el pase para visitar todos los monumentos por 15 euros, que sale mucho más rentable que comprar tickets en cada parada.

merida_casa_mitreo_mosaicoLa Casa del Mitreo es la única que estaba extramuros de la vieja Augusta Emeritae. Se trata de una casa señorial para verano y fines de semana donde no faltaba nada. Cubierta por una estructura metálica y dotada de pasarelas para recorrerla desde lo alto, se puede caminar entre sus majestuosas estancias: el patio o atrio, pasillos, patios porticados, habitaciones… todas decoradas con hermosos mosaicos y pinturas.

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Camino que recuerda a la Via Agripa de Roma

Al final de la casa se llega a sus termas y, tras ellas, se accede al área funeraria de los columbarios. Su entrada recuerda al camino que en Roma lleva hacia las catacumbas. De tierra, con cipreses a ambos lados. Entre ellos va sorprendiendo al visitante la filosofía y el modo de pensar de una civilización perdida a través de paneles que hablan de la muerte y la vida.

Epicuro, 341-270 a.C: “Entiende que la verdadera riqueza es tener lo que realmente se necesita para una vida feliz y averiguarás cuan fácil es satisfacerla completamente. Cree erróneamente que la riqueza consiste en poseer todo lo que uno pudiera posiblemente imaginar y soñar y no habrá nunca un término para tus afanes y sudores”.

Junto a las placas van apareciendo también lápidas con sus textos traducidos y plantas y arbustos que ya existían en la antigüedad, acompañados de textos que ilustran sus significados.

Laurel: Su hoja perenne simboliza la supervivencia. Consagrado a Apolo, emblema de la paz y con poder para purificar y curar maleficios y malas influencias.

Álamo: árbol infértil que por el color de sus hojas representa la vida y la muerte.

Al final hay mausoleos donde se enterraban familias enteras que fueron usados en el siglo XX como alojamientos para pobres cuando la zona era una barriada de chavolas.

También hay una zona donde explican fórmulas de enterramientos ancestrales, como la incineración, “proceso por el que se reduce un cadáver a ceniza… y así hacer volver el alma al lugar del que procede, el cielo”. Más lápidas, algunas árabes, finalizan un recorrido que no deja indiferente. “Aquí yace, que la tierra te sea ligera

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A escasos metros de estos monumentos está la plaza de toros de Mérida. Es un edificio rojo y llamativo en cuyo interior hay muchos bares. Decidimos cenar en alguno a la vuelta, y continuar hacia la Alcazaba y la zona de la Morería (cierra a mediodía).

Desde las torres y muros de la imponente Alcazaba, que recuerda a la de Almería, se divisan los tres puentes de la ciudad. El que hay más próximo es el de Augusta Emérita, romano. El siguiente es el Lusitania, del polémico Calatrava; y finalmente, algo oculto tras los árboles, el del Ferrocarril, de metal, realizado por el discípulo de Eiffel William Finch.

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En el centro del recinto hay un aljibe muy bien conservado en cuyo interior, en la semioscuridad, viven felices peces de colores. También hay una calzada romana y un área que muestra útiles cuyo uso ha pervivido durante siglos para hacer vino, aceite…

La alcazaba se construyó en el año 835, con Abderramán III y es la más antigua de Al-Andalus. Daba cobijo a unos dos mil soldados y fue conquistada por los cristianos en el año 1250, con Alfonso IX.  Sus muros reflejan también su protagonismo en el asedio sufrido en época de los Reyes Católicos, pues la condesa de Medellín que regía en la ciudad ayudó a Juana la Beltraneja en vez de a Isabel.

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Bajos del edificio que alberga varias consejerías, puede seguirse el trazado de las calles romanas y sus casas.

Muy cerca de la Alcazaba está el área arqueológica de la Morería. 12.000 metros cuadrados de extensión que pueden visitarse al aire libre, al resguardo de un enorme edificio izado sobre pilares, obra de Juan Navarro Baldeweb, que acoge varias Consejerías.

El yacimiento está compuesto por calles y casas, la mayoría documentadas con sus anexos para talleres, tiendas o mesones. Destaca la casa de los Mármoles entre ellas, así como restos de la época árabe. El nombre del lugar tiene origen precisamente pro ser el arrabal donde se quedó la población islámica tras la reconquista cristiana.

Continuamos andando hacia el arco de Trajano, a apenas 10 minutos. A mitad de camino visitamos en el salón de los Pasos Perdidos, en la calle San Salvador (Asamblea de Extremadura), una muestra de artesanías. Mérida en 2016 es Capital Iberoamericana de la Cultura Gastronómica y por ello organiza actos relacionados con la cocina de ambos lados del océano. Esta muestra era un homenaje a los artesanos que hicieron posible los útiles de cocina y cuyos nombres nunca han sido reconocidos.

merida_arco_trajanoJunto al Arco de Trajano hay adosado un restaurante donde paramos a comer pinchos. Deliciosos y generosos, engullimos el de pollo con salsa de mostaza y miel y el de solomillo con torta de Casar (el queso untoso típico de Extremadura). Tras algo más, cruzamos el arco de Trajano para llegar a una amplia plaza que se cree que fue antiguamente el foro de la provincia de Lusitania. En él está el Parador más antiguo de España, inaugurado por Alfonso XIII, y en el que tomamos café al fresco antes de iniciar bajo un sol de justicia la marcha hasta el acueducto de los Milagros. Junto a él paramos a descansar bajo un árbol, para seguir camino hacia la iglesia de Santa Eulalia.

Descansando junto al acueducto de los Milagros
Descansando junto al acueducto de los Milagros

Santa Eulalia fue martirizada entre los años 303 y 305. El templo católico que honra a quien es patrona de Mérida se construyó sobre lo que primero fueron casas romanas y luego una necrópolis romana-cristiana. También bajo este templo se comprueba que todo es posible si quiere ponerse de relevancia la historia. No sabemos cómo es el recinto dedicado al culto, pero sí como es su subsuelo. El acceso para turistas te da paso a un centro de interpretación y a su vez a los restos romanos. En verano, imprescindible el abanico.

Subsuelo de la iglesia de Santa Eulalia con restos de casas y de una necrópolis romana
Subsuelo de la iglesia de Santa Eulalia con restos de casas y de una necrópolis romana

En cuanto a la iglesia, fue construida en 1230 tras la reconquista. Fuera de ella hay un hornito con piezas del antiguo templo romano dedicado a Marte, el dios de la guerra.

Continuamos andando hacia el Circo. Por el camino pasamos junto al acueducto de los Milagros, encontramos una enorme explanada en la que continúan las excavaciones arqueológicas y junto a éstas el denominado Museo de Mérida (con parking). El edificio recuerda a una estación de autobuses y en su interior está un centro de interpretación que encontramos cerrado, una exposición sobre la prehistoria de la ciudad que por las tardes abre a las 17 horas y una exposición de geología permanente. También hay fuente y bar.

A cinco minutos de este lugar está el Circo. Los juegos circenses se dedicaban a los dioses y eran precedidos por un desfile triunfal de carácter religioso llamado “Pompa”. Imagino que de ahí viene el término actual y el adjetivo “pomposo”.

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El Circo era enorme, con capacidad para 30.000 espectadores, y es casi imposible no pensar en la película Ben-hur cuando estás recorriendo sus más de cuatrocientos metros de longitud. En su mitad, la “spina” para marcar las siete vueltas que debían dar.

Casi exhaustos proseguimos con un calor sofocante hacia el centro. Tras ver algunas tiendas de artesanía y otras de souvenir, regresamos a la plaza de toros para cenar la terracita de uno de sus bares una generosa tabla de ibéricos y vino por un módico precio.

Al día siguiente: el templo de Diana, el Museo, el Anfiteatro y el Teatro, disfrutando de la obra que cerraba el festival: Marco Aurelio.

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