Italia en una Semana

Para ver Pompeya, como toda Italia, siempre faltan días

De Pompeya a Pisa

Inicio aquí el relato de las vacaciones a Italia. Las organizamos a nuestro aire para ver lo máximo posible, de la manera más cómoda y al menor coste (en pleno agosto). Tras probar distintas combinaciones, establecimos una ruta en tren de sur a norte que iniciamos en la ancestral Pompeya y terminamos en la fotográfica Pisa pasando por Nápoles, Roma y Florencia. El coste total del viaje lo fijamos en 800 euros por cabeza y lo cumplimos más o menos, pese a algún capricho y gasto inesperado. El viaje duró 8 días.

El salto a Italia en avión lo hicimos en Vueling hasta Roma, para hacer transbordo a Nápoles con Alitalia. Vuelo directo de regreso desde Pisa (con Rynair). Allí todos los traslados en transporte público (autobuses, metro y trenes).

La ruta completa fue:

Día 1: Llegada a Nápoles (aeropuerto, noche en la ciudad)

Día 2: Visita a Pompeya y el volcán Vesubio

Día 3: A roma en tren. Visita Coliseo, Fontana de Trevi, etc.

Día 4: Roma. De las termas de los romanos a las catacumbas y el Foro

Día 5: Un día en el Vaticano (y castillo de Sant Angelo).

Día 6: A Florencia en tren. Visita Galería de la Academia, residencia de los Medicci, ponte Vecchio

Día 7: Florencia en una jornada.

Día 8: Pisa. Despedida y última noche en Italia.

Nápoles… para cenar

Llegando a Nápoles

Llegamos al aeropuerto de Roma sin retrasos para encontrarnos en él con uno de cuatro horas para hacer el trasbordo a Nápoles, lo que nos impidió visitar ese día la  ciudad que una vez fue española. En la espera obligada contemplamos el showroom a la italiana que nos deparó la fauna de la terminal. La mayoría parecían maniquís bien combinados y a la última. Otros eran esperpentos. Allí además parece estar super de moda ir marcando –músculo o michelin al gusto- y lucir morenazo tizón. Un horror digno de anuncio contra el melanoma. Eso los chicos. Ellas, por el contrario, eran altas, guapas y delgadas, salvando excepciones. El café muy bueno y a 1 euro, aunque bastante corto (al cortado lo llaman Macciato).

A Nápoles llegamos con el sol despidiéndose. Elegimos un hotel al lado de la estación de tren de la piazza Garibali (de donde parten los trenes de cercanías a Pompeya). Del aeropuerto a la plaza hay un autobús que hace el recorrido en unos 20 minutos por 3 euros, pero cogimos un taxi cansados de esperar. Además, en la cola del autobús me sentía como Momo rodeada de hombres grises. Es lo que tiene ser exfumadora. Con el taxista pactamos precio antes de subir (imprescindible) y dejamos que se enrollara contándonos historias de Nápoles que apenas entendimos. Acertamos a comprender la indicación de lo que era la primera puerta de Nápoles y sus consejos para estar alerta al bajar del taxi, no solo por los carteristas sino por el tráfico. No es un tópico decir que en Italia conducen como locos. Las motos, con sus ocupantes sin casco, se cruzan cuando y por donde les viene en gana. El tráfico anarquizado hace que la ciudad parezca la viva imagen del caos, algo a lo que bien contribuye la suciedad y la poca iluminación. Allí no hay farolas a ambos lados de la calle como en España. Allí hay un lamparón de hojalata colgado a mitad de calzada cada 40 metros de calle. Pende de un cable atado a cada uno de los edificios enfrentados y su penumbra es una película de miedo, sobre todo cuando en ella te topas con esquelas pegadas a las paredes entre carteles de publicidad.

Esquela de Nápoles en la pared

Nuestro hotel (Mercuri) era moderno y confortable y estaba en la calle de atrás de la plaza Garibaldi. Tenía bar pero no servía comida (y cerraba a las 23 horas en vez de a la una como decía el folleto). La recepcionista nos indicó un restaurante para cenar a 5 minutos donde pasamos nuestras primeras horas en Nápoles. Se llamaba “La Brace”, estaba en la via Silvio Spaventa y era como un restaurante de Torremolinos de la década de los 70 pero con la Mamma haciendo literalmente de caja registradora. Pedimos pizza proscciuto funghi y espaguetis carbonara (a 5 euros el plato). De entradas: mozzarella de bufala y “pepperoni” (que no era el chorizo de las pizzas sino pimientos asados con alcaparras y aceitunas oscuras bañadas en delicioso aceite de oliva, por 2 euros). De beber, cerveza. La marca más popular, cómo no, se llamaba “Peroni”. Pese a que allí los botellines son de medio litro no nos “liamos” para madrugar al día siguiente y aprovechar Pompeya. Además la zona no es apta para deambular en plan turista según leímos en varios foros.

Al día siguiente cogimos el tren de cercanías de las 8.15 para estar en el parque arqueológico a las nueve.

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